
“Estoy ocupado”. “Realmente, no doy abasto”. “No tengo tiempo de sumar ni una reunión más”. Muchos empresarios suelen decir estas frases con una connotación negativa, aunque en el fondo estén orgullosos de eso: en las culturas latinas, “estar ocupado” es sinónimo de “éxito”.
Nos enseñaron que cuantas más tareas realizamos en el día, más valemos. Nos sentimos obligados a estar todo el tiempo en movimiento, aunque eso no nos conduzca a ningún lugar. Este hábito, arraigado en nuestro ADN, tiene una contracara: la culpa y la ansiedad que sentimos cuando no tenemos compromisos programados. Es lo que llamo “el síndrome de la agenda vacía”.
Sin embargo, cuando llega ese momento, ocurre algo extraordinario. El tiempo libre se llena de ideas y de tareas que nos permiten pensar en el futuro y en la estrategia. Para que eso suceda, debemos permitirnos el vacío.
La trampa del movimiento perpetuo
Cuando fundamos una empresa, hacemos de todo: diseñamos, vendemos, cobramos, producimos y entregamos. En esa vorágine, asociamos “actividad” con “progreso”. A medida que la empresa crece, este hábito se convierte en un problema. El movimiento constante no garantiza resultados. Podemos estar ocupados todo el día, apagando incendios y respondiendo urgencias, sin generar valor real.
¿Cuántas veces llegamos al final de una jornada y sentimos que no hicimos nada relevante? Nos pasamos el tiempo resolviendo problemas operativos: el cliente que se quejó, el vendedor que necesita apoyo, el depósito que reporta faltantes. Las horas se esfuman y lo importante queda relegado.
El empresario en crecimiento debe vestir tres sombreros: el de accionista (definir los objetivos generales de la empresa), el de director (trazar el camino para alcanzarlos) y el de hacedor (ejecutar tareas específicas). Si este último rol ocupa todo nuestro tiempo, quedamos atrapados en lo operativo y sacrificamos nuestra capacidad de pensar estratégicamente y liderar con claridad.
¿Agendar el tiempo libre?
La solución para combatir el síndrome de la agenda vacía empieza por agendar tiempo libre. No se trata de dejarlo a la suerte ni de esperar que se genere un hueco espontáneo, sino de programar intencionalmente momentos para reflexionar, planificar y enfocarse en lo importante.
Pensemos en ese momento en que vamos manejando hacia la oficina y, en el trayecto, en nuestras mentes bullen ideas brillantes, soluciones estratégicas y planes a futuro que se diluyen ni bien llegamos y quedamos envueltos en el caos cotidiano.
Agendar el tiempo libre es proteger ese espacio creativo, es darnos el lugar y el tiempo para transformar esas ideas en acciones concretas. Resulta contraintuitivo, pero cuanto más tiempo libre tengamos, más efectivo seremos como empresarios. No es tiempo de ocio, sino de pensar, priorizar y alinear la energía con los objetivos reales de la empresa.
Combatir el síndrome de la agenda vacía requiere desaprender lo que nos enseñaron: debemos medir nuestro valor por los resultados que logramos. Al final del día no se trata de cuánto nos movimos, sino de hacia dónde nos dirigimos.
La próxima vez que te encuentres frente a una mañana sin reuniones ni compromisos, no te apures en “llenarla”. Es una oportunidad para celebrar, pensar en los objetivos a largo plazo y mejorar tu empresa, definir formas de liderar desde un lugar de claridad y propósito y, en síntesis, ser un mejor empresario.
Autor:
Hernán de la Riva, Socio – Director de Quiros Consultores
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